EL CAMINO
Deseaba respirar. Salir y pisar la calle. Despejarme. Hinchar los pulmones y desinflar mi alma. En mi cabeza bullían mil preguntas y cada una componía, como si de piezas de un puzzle se tratara, el mapa de mi desasosiego.
Y caí. No una, sino decenas de veces. Y en cada traspiés percibí un nuevo moratón. Pero eran cardenales que no pintaban mi cuerpo; eran mellas en mi conciencia, en mi esencia de hombre todavía por formar en los albores de una adolescencia como todas las adolescencias, difícil, dolorosa y complicada.
Y en mi primera caída un Niño me tendió su mano y me ayudó a levantarme. Y me guió por los pasajes de una MARCHENA milenaria, infinita, ancha como el océano, eterna como la noche, como una noche sin tapias.
Y de la mano de ese Niño, me dejé llevar por calles adoquinadas en las que las casas se alinean formando hileras con cierros al exterior, con miradores hacia fuera, con ojos a la vida.
Y me condujo cuesta arriba por la Plaza Vieja. Y atravesé Los Cantillos, donde un torreón de piedra y almenas escolta desde hace siglos las cuitas de los hombres de campo, de aquellos marcheneros que se apostan en sus cuatro esquinas para ver pasar el día a día, que también es la vida. Y vi el danzar de los vencejos en la calle Las Torres, describiendo en el aire volutas, piruetas y circunloquios que ya quisieran bordar las oscuras golondrinas que esperaba Bécquer.
“No temas, ven conmigo y sígueme”. Y de su mano, de la mano menuda y blandita de aquel Niño, llegué a su Casa, que ocupaba todo un flanco del ensanche de la calle y que daba a una plaza con bancos y farolas de forja, con naranjos, y con un campanario en la esquina revestido de loza azul y blanca donde anida una cigüeña que sigue haciendo chocolate.
Y el Niño me abrió el portón de madera, y cruzamos juntos el cancel, y la frialdad del templo se esfumó cuando me dijo, siéntate y espera.
Y así lo hice. Esperé con la cabeza gacha sentado en un viejo banco marrón, en la quietud de una tarde que a las afueras sería ya noche, y de corrido, brotó mi oración… Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo…
Y de repente, te volví a ver. En la rotundidad de un retablo dorado de columnas salomónicas. Vestido con un traje corto de color claro bajo el que se adivinaban las tiras bordadas de tus pololos. Y me fijé en tu cara, en tus cachetes sonrosados, en el torneado de tus cabellos. En tus manos alzadas, como diciendo ¿no me ves, soy un Niño que te pide que me cojas, que me tomes en tus brazos, que me acunes y que nunca me abandones?
Y clavé mis ojos en los tuyos, que son los ojos de un vivir eterno. Y sentí seguridad, confianza, protección y asilo. Supe que tu mirada me daba auxilio, garantía y tranquilidad; que podía recurrir a Ti cada vez que me abatiera.
Fuiste el dispensario de apósitos para mi alma, porque me diste fianza, inmunidad, certidumbre, convicción y estabilidad; tuve el convencimiento de que contigo no me faltaría amparo y que, aunque te hiciera feos, te fallara e incluso te negara con la peor de las municiones, que es la indiferencia y el olvido, Tú siempre me acogerías con los brazos en alto y la sonrisa serena, como ese Niño que busca el cobijo de sus padres, de quien parece que reclama protección, pero que es quien da refugio de veras.
El credo y dogma de mi vida pasa todo el año sonriendo a su feligresía desde el remonte de un Sagrario, donde recoge anhelos, ruegos, preces y gratitudes, y donde una vez al año, cada Jueves Santo, toma su cruz de plata y se hace mártir para caminar hacia una muerte que no es óbito, sino puente de tránsito.
¿Decís que tiene pena? El Niño que guía mis pasos no tiene pena, que va contento, con satisfacción y gozo hacia la redención de Marchena. Donde habita mi FE tiene un nombre, tan dulce como la espera de todo un año para verlo un instante pasar ante mí, camino de la puerta.
Dulce Nombre de Jesús, no me sueltes de la mano.
Apriétame fuerte y contágiame de risas, alegrías y alborozos.
Sé mi faro, mi horizonte y mi vigía.
Y dame fuerza y temple en este atril para llegar a buen puerto.
Y cuando todo pase,
vuelve a jugar conmigo y ven a sacarme de paseo.
¿Qué quién es ese Niño,
que es hijo de todos los marcheneros?
¿El que camina con saya de cola por las calles del municipio,
el que enseña su tripa y sus roscas con la pureza de un pañuelo?
Es el Dulce Nombre de todos los niños,
de los niños que fuimos y que todos llevamos dentro.
No nos desampares, Niño mío,
y vela por nuestros pensamientos.
Sé Luz y sé Guía
y reparte la bondad que llevas dentro.
Dulce Nombre de Jesús,
para ti es mi primer recuerdo.
Dije al comienzo que un día deseaba respirar,
y aquel día Tú me distes aliento.